lunes, 24 de enero de 2011

En que se parece Kalimba a Gloria Trevi

Braulio Peralta Milenio 24-01-11
No tengo idea de si Kalimba es culpable o no de violación a una menor de edad, pero su presunción de inocencia debería estar sujeta al escrutinio de los jueces abocados al caso.

Lo que resulta escandaloso es el enfoque con que los medios de comunicación han informado del suceso.

El verdadero tema a discutir es el protagonismo, la saña, la injusticia con que reporteros, columnistas, cadenas televisivas y radiales y algunos medios impresos han actuado como jueces que ya dictaron su condena Se habla de hasta 50 años de cárcel. Inconcebible.

Ya nadie se acuerda del caso de Gloria Trevi, salvo que la culpable salió libre de todo delito, después de casi cinco años en prisión, cuando los medios de comunicación ya la habían condenado e inventado poderes satánicos ocultos en los discos de sus canciones.

¿Con qué vara medimos las noticias del mundo del espectáculo y del mundo de las drogas, de la corrupción de los políticos, de los ilícitos de los ex presidentes de México? Entrevistar a Kalimba en cadena nacional sin respetar su presunta inocencia, ¿es legítimo? Ya lo escribió Alvaro Cueva, especialista en televisión: fueron más respetuosos con "las presuntas operaciones de narcotráfico" de José Jorge Balderas Garza, El JJ, "sospechoso" de la agresión contra el futbolista Salvador Cabañas, cuando a Kalimba ni siquiera le concedieron esos privilegios. Por muy graves que sean los delitos de que se les acusa, los dos tienen el mismo respeto a su presunta inocencia.
No soy fan de Kalimba. Apenas había escuchado su excelente versión a la canción "El triste", que hiciera famoso a José José. Pero creo en una ética para informar.

Los medios de comunicación están fallando seriamente en el camino a una democracia posible. El caso Kalimba trasluce ignorancia de dichos medios para tratar los temas relacionados con la justicia.

Es un asunto delicado la violación de una menor. Pero eso tiene que probarse conforme a la ley. Es inmoral acudir a la doble moral que, por un lado, les perdona preguntas impertinentes a los altos dirigentes del país y, por el otro, con rapacidad barata ajusticiamos como si fuéramos jueces a artistas como Kalimba.

Más grave sería juzgar a Kalimba porque pertenece a la religión evangelista, y no a la católica. Sería gravísimo, ¿no le parece? Estaríamos contra el respeto a cualquier creencia. ¿Será?

Lo público y lo privado - Mario Vargas Llosa

Wikileaks no trata de combatir una "mentira", sino de satisfacer una curiosidad morbosa de la civilización del espectáculo. Assange más que un luchador libertario es un exitoso animador

Desde que comencé a leer sus libros y artículos, debe hacer de eso unos 30 años, me pasa con Fernando Savater algo que no me ocurre con ningún otro de los escritores que prefiero: que casi nunca discrepo con sus juicios y críticas. Sus razones, generalmente, me convencen de inmediato, aunque para ello deba rectificar radicalmente lo que hasta entonces creía.

Opine de política, de literatura, de ética y hasta de caballos (sobre los que no sé nada, salvo que nunca acerté una sola apuesta las raras veces que he pisado un hipódromo), Savater me ha parecido siempre un modelo de intelectual comprometido, a la vez principista y pragmático, uno de esos raros pensadores contemporáneos capaces de ver siempre claro en el intrincado bosque que es este siglo XXI y de orientarnos a encontrar el camino perdido a los que andamos algo extraviados.

Todo esto viene a cuento de un artículo suyo sobre Wikileaks y Julian Assange que acabo de leer en la revista Tiempo (número del 23 de diciembre de 2010 al 6 de enero de 2011). Ruego encarecidamente a quienes han celebrado la difusión de los miles de documentos confidenciales del Departamento de Estado de los Estados Unidos como una proeza de la libertad, que lean este artículo que rezuma inteligencia, valentía y sensatez. Si no los hace cambiar de opinión, es seguro que por lo menos los llevará a reflexionar y preguntarse si su entusiasmo no era algo precipitado.

Savater comprueba que en esa vasta colección de materiales filtrados no hay prácticamente revelaciones importantes, que las informaciones y opiniones confidenciales que han salido a la luz eran ya sabidas o presumibles por cualquier observador de la actualidad política más o menos informado, y que lo que prevalece en ellas es sobre todo una chismografía destinada a saciar esa frivolidad que, bajo el respetable membrete de transparencia, es en verdad el entronizado "derecho de todos a saberlo todo: que no haya secretos y reservas que puedan contrariar la curiosidad de alguien... caiga quien caiga y perdamos en el camino lo que perdamos". Ese supuesto "derecho" es, añade, "parte de la actual imbecilización social". Suscribo esta afirmación con puntos y comas.

La revolución audiovisual de nuestro tiempo ha violentado las barreras que la censura oponía a la libre información y a la disidencia crítica y gracias a ello los regímenes autoritarios tienen muchas menos posibilidades que en el pasado de mantener a sus pueblos en la ignorancia y de manipular a la opinión pública. Eso, desde luego, constituye un gran progreso para la cultura de la libertad y hay que aprovecharlo. Pero de allí a concluir que la prodigiosa transformación de las comunicaciones que ha significado Internet autoriza a los internautas a saberlo todo y divulgar todo lo que ocurre bajo el sol (o bajo la luna), haciendo desaparecer de una vez por todas la demarcación entre lo público y lo privado hay un abismo, que, si lo abolimos, podría significar, no una hazaña libertaria sino pura y simplemente un liberticidio que, además de socavar los cimientos de la democracia, infligiría un rudo golpe a la civilización.

Ninguna democracia podría funcionar si desapareciera la confidencialidad de las comunicaciones entre funcionarios y autoridades ni tendría consistencia ninguna forma de política en los campos de la diplomacia, la defensa, la seguridad, el orden público y hasta la economía si los procesos que determinan esas políticas fueron expuestos totalmente a la luz pública en todas sus instancias. El resultado de semejante exhibicionismo informativo sería la parálisis de las instituciones y facilitaría a las organizaciones anti democráticas el trabar y anular todas las iniciativas reñidas con sus designios autoritarios. El libertinaje informativo no tiene nada que ver con la libertad de expresión y está más bien en sus antípodas.

Este libertinaje es posible sólo en las sociedades abiertas, no en las que están sometidas a un control policíaco vertical que sanciona con ferocidad todo intento de violentar la censura. No es casual que los 250.000 documentos confidenciales que Wikileaks ha obtenido procedan de infidentes de los Estados Unidos y no de Rusia ni de China. Aunque las intenciones del señor Julian Assange respondan, como se ha dicho, al sueño utópico y anarquista de la transparencia total, a donde pueden conducir más bien sus operaciones para poner fin al "secreto" es a que, en las sociedades abiertas, surjan corrientes de opinión que, con el argumento de defender la indispensable confidencialidad en el seno de los Estados, propongan frenos y limitaciones a uno de los derechos más importantes de la vida democrática: el de la libre expresión y la crítica.

En una sociedad libre la acción de los gobiernos está fiscalizada por el Congreso, el Poder Judicial, la prensa independiente y de oposición, los partidos políticos, instituciones que, desde luego, tienen todo el derecho del mundo de denunciar los engaños y mentiras a los que a veces recurren ciertas autoridades para encubrir acciones y tráficos ilegales. Pero lo que ha hecho Wikileaks no es nada de esto, sino destruir brutalmente la privacidad de las comunicaciones en las que los diplomáticos y agregados informan a sus superiores sobre las intimidades políticas, económicas, culturales y sociales de los países donde sirven. Gran parte de ese material está conformado por datos y comentarios cuya difusión, aunque no tenga mayor trascendencia, sí crea situaciones enormemente delicadas a aquellos funcionarios y provoca susceptibilidades, rencores y resentimientos que sólo sirven para dañar las relaciones entre países aliados y desprestigiar a sus gobiernos. No se trata, pues, de combatir una "mentira", sino, en efecto, de satisfacer esa curiosidad morbosa y malsana de la civilización del espectáculo, que es la de nuestro tiempo,

Transparentes abusos - Fernando Savater

Wikileaks nos ha permitido conocer que gente aparentemente razonable es partidaria de lo que llaman “transparencia”, es decir, el derecho de todos a saberlo todo: que no haya secretos ni reservas.

DE TODO EL ASUNTO de Wikileaks, que espero sea por lo menos rentable para sus promocionadores, lo único realmente importante es que remacha la evidente imposibilidad de esconder nada en el mundo actual: hagas lo que hagas siempre habrá una cámara filmándote, escribas lo que escribas (a quién escribas y dónde escribas) siempre terminará por salir a la luz pública. Como los documentos sustraídos pertenecen a la diplomacia americana, nos confirman que los americanos cuidan sus intereses, estudian mejor o peor la realidad de acuerdo con ellos y procuran obtener ventajas de los demás países: supongo que algo semejante habría salido a la luz si los papeles hubieran sido de diplomáticos franceses, rusos... o españoles. Si no, más vale despedirlos.

En cuanto a la relevancia de tales soplos, pues la misma que garantías tenemos de su autenticidad: nula. Por ejemplo, este gran titular: “EEUU desconfía de la capacidad de Zapatero para gestionar la crisis”. O sea, como usted, como yo, como casi todos los españoles. La noticia hubiera sido que el Departamento del Tesoro americano considerase a Zapatero un genio de las finanzas, capaz de sacar a su país y de paso a media Europa del abismo. Ese sí que sería un documento estremecedor, una amenaza para el mundo libre. Afortunadamente, piensan lo mismo que nosotros. Y en el resto de los temas, piensan lo que cualquier ser dotado de razón podría suponer que pensaban, aunque a veces disimulan. Como cada cual hace en su vida. ¡Bah!

De modo que Wikileaks es tan revelador en el terreno político como el agujero de la cerradura respecto a la higiene íntima de las personas. En cambio nos ha permitido conocer que gente aparentemente razonable es partidaria de lo que llaman “transparencia”, es decir el derecho de todos a saberlo todo: que no haya secretos y reservas que puedan contrariar la curiosidad de alguien... caiga quien caiga y perdamos en el camino lo que perdamos. ¡Asombroso! Ateniéndome a mi experiencia personal: he estado en muchos tribunales universitarios de cátedras o tesis que, al ir a deliberar, invitaban a salir de la sala al público asistente, sin saber que atentábamos contra doña transparencia; he asistido a muchas reuniones editoriales en un gran diario, dando por supuesto la confidencialidad de lo hablado y sin saber que pecaba de antitransparente; por razones de seguridad llevo escolta policial y confío en que no revele mis itinerarios por Internet, aunque me temo que habría interesados en conocerlos... por transparencia, claro.

Pues bien, las cosas claras. Hay dos tipos de transparencia, la de gestión y la de opinión o deliberación. La primera es imprescindible en democracia: queremos saber a qué destinan los gobernantes nuestros impuestos, cómo defienden nuestras garantías y derechos, cuál es la justificación de sus decisiones políticas, etc...; la segunda es una agresión totalitaria contra el buen funcionamiento de las instituciones y la privacidad de las personas, ocupen cargos públicos o sean simples particulares. Confundirlas es parte de la actual imbecilización social, a la que no es ajena la maquinaria espléndida pero a veces devastadora de Internet. Última observación: dejando aparte a Berlusconi, Putin, los hermanos Castro y alguno más, no hay político que me resulte tan sospechoso y tan poco fiable como el señor Julian Assange... y sus partidarios.

viernes, 21 de enero de 2011

Idealismo sin ánimo de lucro en Internet



El Pais. TIMOTHY GARTON ASH 17-01-2011





Wikipedia cumplió 10 años el sábado 15 de enero. Es el quinto sitio más visitado en Internet. Alrededor de 400 millones de personas la utilizan cada mes. Seguro que la mayoría de los lectores de este artículo están entre ellos. Cuando uno quiere comprobar algo, lo busca en Google y luego, la mitad de las veces, escoge el enlace de Wikipedia para empezar.

Lo extraordinario de esta enciclopedia gratuita, que contiene ya más de 17 millones de artículos en más de 270 lenguas, es que está redactada, editada y autorregulada, casi en su totalidad, por voluntarios no remunerados. Todos los demás sitios web más visitados son negocios multimillonarios. Facebook, con solo 100 millones más de usuarios, acaba de ser valorado en 50.000 millones de dólares.

Cuando se visita Google en Silicon Valley, se ve un vasto complejo de modernos edificios de oficinas, como la capital de una superpotencia. Queda alguna huella del tono alegre y desenfadado que caracterizaba a la empresa, como unas cuantas piezas de Lego en el vestíbulo, pero hay que firmar un acuerdo de confidencialidad antes de poder traspasar la puerta. El lenguaje de los directivos de Google oscila extrañamente entre el de un secretario general de la ONU y el de un vendedor de coches. Un instante hablamos de derechos humanos, y el próximo "presentamos un nuevo producto".

Wikipedia, por el contrario, está supervisada por una fundación sin ánimo de lucro. La Wikimedia Foundation ocupa una planta en un edificio de oficinas anónimo en el centro de San Francisco. Hay que golpear fuerte en la puerta para poder entrar. Dentro, parece exactamente lo que es: una modesta ONG internacional.

Si el principal arquitecto de Wikipedia, Jimmy Wales, hubiera decidido comercializar la empresa, ahora podría valer miles de millones de dólares. Colocar todo bajo el paraguas de los fines no lucrativos fue, como me decía Wales en tono de broma, la cosa más estúpida y más inteligente que ha hecho en su vida. Más que cualquier otro gran sitio web en el mundo, Wikipedia sigue representando el idealismo utópico de los primeros tiempos heroicos de Internet. Los wikipedianos, como les gusta denominarse, son hombres y mujeres que tienen una misión. Esa misión, que emprenden con audacia, se resume en esta frase casi lennonista (de John, claro, no de Vladimir) del hombre al que todos llaman Jimmy: "Imaginemos un mundo en el que cada persona del planeta pudiera tener libre acceso a la suma de todo el conocimiento humano".

La sugerencia de que era posible lograr este objetivo utópico mediante una red mundial de voluntarios que trabajasen a cambio de nada, editando todo tipo de textos, y que las cosas que escribieran iban a estar de inmediato al alcance de todo el mundo, era, por supuesto, una idea totalmente descabellada. Y, sin embargo, ese ejército de chiflados ha recorrido un largo camino en solo 10 años.

Wikipedia tiene fallos importantes. La calidad de los artículos varía enormemente, tanto entre un tema y otro como entre una lengua y otra. Numerosos artículos sobre personajes son incompletos y sesgados. Depende mucho de que haya uno o dos wikipedianos verdaderamente expertos en ese tema y ese idioma concretos. Puede estar increíblemente bien en oscuros aspectos de la cultura popular y, en cambio, sorprendentemente mal en algunos temas de interés general. En las versiones que más años llevan (en inglés y alemán, por ejemplo), las comunidades de editores voluntarios, con el apoyo del pequeño equipo de la fundación, han conseguido que los textos sean mucho más fiables y verificables, sobre todo gracias a su insistencia en que se incluyan notas con enlaces directos a las fuentes.

De todas formas, en mi opinión, todavía hay que comprobar bien las cosas antes de citar cualquier información que se encuentre en Wikipedia. Un artículo sobre el tema en el New Yorker mencionaba una interesante distinción entre conocimiento útil y conocimiento fiable. Uno de los mayores retos de la enciclopedia durante los próximos años es acortar esa diferencia entre útil y fiable.

Otro gran reto es llevar la aventura más allá del Occidente posilustrado, donde nació y donde más cómoda se encuentra. Un experto me ha dicho que aproximadamente el 80% de las aportaciones editoriales procede de los países de la OCDE. La fundación aspira a tener 680 millones de usuarios en 2015, y confía en que la mayor parte del crecimiento se produzca en lugares como India, Brasil y Oriente Próximo.

Pero el enigma no es por qué sigue teniendo fallos evidentes, sino por qué ha funcionado tan bien. Los wikipedianos ofrecen varias explicaciones. Se creó relativamente pronto, cuando no existían infinitos sitios en los que los primeros internautas pudieran pasar el tiempo. Una enciclopedia incluye (en general) datos verificables, no meras opiniones: el material habitual y la maldición de la blogosfera. Y, sobre todo, Wikipedia tuvo suerte con sus comunidades de colaboradores y editores. Para la dimensión que tiene, el equipo de colaboradores habituales es asombrosamente pequeño. Unas 100.000 personas redactan más de cinco artículos al mes, pero las Wikipedias más veteranas y de más tamaño, por ejemplo en inglés, alemán, francés y polaco, se sostienen gracias a un pequeño grupo de unas 15.000 personas en total, que hacen más de 100 contribuciones cada una al mes. Son, en su inmensa mayoría, hombres jóvenes, solteros y muy cultos. Sue Gardner, directora de la Wikimedia Foundation, dice que puede adivinar si una persona es wikipediana a 100 metros de distancia.

Como ocurre con muchos de los sitios web más famosos del mundo, Wikipedia tiene la ventaja de tener su sede en lo que el jefe de su equipo de abogados, Mike Godwin, denomina "un refugio de la libertad de expresión llamado Estados Unidos". Todas sus enciclopedias en distintas lenguas, vivan donde vivan los colaboradores, están alojadas físicamente en los servidores que posee la fundación en Estados Unidos. Disfrutan, por tanto, de las protecciones legales que les confiere la gran tradición norteamericana de la libertad de expresión.

Sin embargo, Wikipedia ha conseguido evitar las espirales de abusos e insultos recogidas en la famosa Ley de Godwin (acuñada por ese mismo Mike Godwin), que afirma que "a medida que una discusión en la Red se prolonga, la probabilidad de que aparezca una comparación en la que se mencione a los nazis o a Hitler tiende a 1". Ello se debe, en parte, a que una enciclopedia se ocupa de hechos, pero también a que los wikipedianos dedican muchísimo tiempo a defender las normas de convivencia cívica contra los intentos de vandalismo.

El civismo -traducido como savoir-vivre en la versión francesa- es uno de los cinco pilares de Wikipedia. Desde el primer momento, Wales dijo que debía ser posible combinar la sinceridad con la educación. En torno a ese principio se ha desarrollado toda una escuela de etiqueta -perdón, wikiqueta- informática, con abreviaturas como PBF (Presume Buena Fe). Cuando surgen personas incívicas, se dialoga y se discute educadamente con ellas, luego se les hace una advertencia y, por último, si persisten, se les prohíbe participar. Yo no sé si ocurre lo mismo en las versiones en bajo sorabo, gagauzo o samoano. Wikipedia puede tener sus propias áreas en las que no se respete el civismo. Pero si una comunidad lingüística infringe repetidamente las normas, la fundación tiene potestad para quitar sus diatribas del servidor (Wikipedia es una etiqueta legalmente registrada, mientras que los demás Wiki-algo no lo son; por ejemplo Wikileaks, que no tiene nada que ver con Wikipedia y ni siquiera es un wiki [es decir, un espacio de colaboración colectiva en la Red]).

Todavía no sabemos si la matanza de Tucson, Arizona, fue o no producto de la ponzoñosa falta de civismo del debate político en Estados Unidos, las cosas que se oyen en las radios y en cadenas de cable como Fox News. Un loco puede estar simplemente loco. Pero el veneno político que se destila a diario en Estados Unidos es una realidad innegable. En esa situación tan deprimente, está muy bien poder celebrar un invento norteamericano que, pese a todos sus defectos, trata de extender por el mundo una mezcla de idealismo no remunerado, conocimientos y civismo tenaz.

martes, 14 de diciembre de 2010

La cultura sin cultura

CÉSAR ANTONIO MOLINA 25/11/2010 El País

Los males que acucian hoy a la cultura universal son el consumismo, su conversión en mercancía. El poder de la inteligencia ha sido sustituido por el de los medios de comunicación. Todo es espectáculo

Cuando se acaba de leer La cultura-mundo, de Gilles Lipovetsky y Jean Serroy (Anagrama 2010, traducción de Promoteo-Moya), la desazón es terrible. Y lo es no por lo que se cuenta, ya sabido, sino por la constatación documental y fehaciente de los males que acucian hoy a la cultura. No a la cultura de uno u otro país, sino a la cultura universal invadida por la industria y el consumismo y cada vez más ajena a su función secular de explicar y entender el mundo. Una cultura sometida a los gustos del público y destinada al éxito inmediato, al consumo como una mercancía más. El lector transformado en consumidor mientras, el creador, el escritor o el artista, en simple productor de servicios.

El desencanto de la vida intelectual es cada vez mayor, se nos dice. El valor de la cultura ha sufrido en las últimas décadas una depreciación irrecuperable, los grandes maestros han desaparecido (Foucault ya lo avisó), las grandes obras están solo en el pasado y un amplio sector de la vida intelectual se ha entregado al funcionariado universitario y a la comercialización. Hoy en día, la pérdida del peso que tenían las obras literarias, artísticas o filosóficas en la esfera pública es una triste realidad.

El poder de la inteligencia ha sido sustituido por el poder de los medios de comunicación que fabrican más celebridades que los círculos de eruditos e intelectuales. Celebridades que opinan desde su incultura como si fueran sabios. Hoy se escucha más a un cantante, a un deportista, o a una estrella del star-system que a un intelectual. Así lo explican los autores, Lipovetsky y Serroy: "Desacralización del mundo de las ideas, eclipse de los guías del espíritu humano, desaparición del poder intelectual". El consumidor no ha gozado jamás de tanta libertad y tanta oferta para consumir productos efímeros, y si antes la cultura proporcionaba conocimientos imperecederos, hoy día la "incertidumbre" y la "desorientación" son los sentimientos que invaden nuestro mundo democrático en una transformación de dimensiones jamás sospechadas: familia, identidad sexual, educación, moda, tecnologías, alimentación.

La cultura humanista está hoy abandonada por jóvenes entregados al becerro de oro de las redes de comunicación. Cualquier respuesta la obtienen -o creen obtenerla- allí, en el poder cada vez mayor de la información sobre el conocimiento. O, si se prefiere, en el poder cada vez mayor de la economía sobre la cultura. Las industrias de lo imaginario, del entretenimiento, se alzan sobre los valores del espíritu, la meditación, la reflexión. Lo útil sobre lo inútil. La cultura se convierte en industria, en la forma de un complejo mediático-comercial que es el motor del crecimiento de las naciones desarrolladas.

Las exportaciones de la industria cinematográfica, audiovisual, editorial, los beneficios derivados de la enseñanza de las grandes lenguas, producen hoy tantos ingresos como cualquier otra industria. Y esos beneficios también conllevan mutaciones en la cultura. Al prestigio se le opone la rentabilidad; a la reflexión, la facilidad. El peso económico en la cultura la distorsiona, la infantiliza, la empobrece. El mundo hipermoderno, tal como lo estudian estos dos autores, está organizado alrededor de cuatro polos estructuradores que configuran la fisonomía de los nuevos tiempos: hipercapitalismo, hipertecnificación, hiperindividualismo y el hiperconsumo. Es decir, la fuerza motriz de la globalización económica, la universalización técnica, la respuesta del individuo frente a la masificación y universalización y, finalmente, el hedonismo comercial como felicidad.

En medio de esta cultura sin fronteras se alza la sociedad universal de consumidores, cada vez más anónimos, más satisfechos, más alienados. La cultura va perdiendo batallas y también la política. De ello se deriva el escepticismo y desconfianza hacia los políticos, el descenso de la militancia y la confusión de las identidades ideológicas. Internet es un peligro para el vínculo social, añaden los autores de La cultura-mundo, en la medida en que, en el ciberespacio, los individuos se comunican continuamente, pero se ven cada vez menos. En esta era digital los individuos llevan una vida abstracta e informatizada, en vez de tener experiencias juntos quedan enclaustrados por las nuevas tecnologías.

Al mismo tiempo, mientras el cuerpo deja de ser el asidero real de la vida, se forma un universo descorporeizado, desensualizado, desrealizado: el de las pantallas y los contactos informáticos. Lipovetsky y Serroy, por cierto, con dos años de anticipación, resumían perfectamente la espeluznante película de David Fincher La red social, basada en la invención de Facebook, un fenómeno social tan revolucionario como inquietante.

Fue la Escuela de Fráncfort la primera que habló, hace más de medio siglo, de industria cultural, refiriéndose a la reproducibilidad de las obras de arte destinadas a un mercado de mayor consumo. Adorno y Horkheimer ya nos previnieron de los males de la cultura masificada, aunque no se imaginaron los extremos sin retorno a los que llegaríamos. Aquella alarma se ha convertido hoy en una gran amenaza y, cada vez más, la cultura revolucionaria de creación que desprecia el mercado está siendo devorada inmisericorde por la cultura industrial, menos exigente, más accesible, menos elitista, más divertida, evasiva y conformista.

En una civilización así, ¿qué queda de los ideales humanistas sobre los que se levantó la cultura occidental? ¿Qué clase de ser humano producirá esta nueva civilización? El homo sapiens se ha transformado en pantalicus, absorbido por la televisión, por las pantallas de los ordenadores. El mundo existe por las imágenes que aparecen en la pantalla y los individuos lo conocen tal como se deja ver. La televisión cambia el mundo: el mundo político, la publicidad, el ocio, el mundo de la cultura. Hoy no existe más que lo que se ve en televisión, lo que ve la masa, lo que todos comparten. Es el triunfo de la sociedad de la imagen y sus poderes.

Frente a la oralidad, frente a la escritura, frente al pensamiento, la imagen aparece como un tótem absoluto. Y, mientras tanto, los escritores, los intelectuales, los artistas negociando sus derechos de autor a través de los agentes -exactamente como en la industria del espectáculo- y empujándose para estar en las listas de los más vendidos, que ya no son por fuerza los mejores. Un libro vendido equivale a un votante. Éxito, superventas, récords, firmas masivas: lo que no se vende ya no puede ser bueno. Las obras de arte acaban en las subastas, en el mercado más escandaloso, vulgar. Todo es ya espectáculo. Los museos-espectáculo, elevados al rango de objeto turístico de masas, semejan tan solo hipermercados apenas más refinados. Los museos, antes lugares de recogimiento, son hoy espacios para el bullicio y el aturdido turismo cultural. Las obras de los museos no se contemplan, se consumen. Hay un dato interesante aportado en La cultura-mundo: según una encuesta, un visitante medio pasa entre 15 y 40 segundos mirando El rapto de las sabinas de David; entre cinco y nueve segundos, La gran odalisca de Ingres. ¿Cuántos ante Las meninas o El Guernica? Y ante esa visión relámpago ¿qué conocimiento obtendrán? Sin embargo, los museos hoy solo son relevantes por el merchandising adquirido en sus tiendas.

¿Cómo salvarnos? Estoy absolutamente de acuerdo con la solución que dan los dos filósofos: solo la educación está a la altura del problema. Pero escuela y universidad no funcionan. ¿Es aún una tarea posible? La cultura, como valor espiritual, según aprendimos de Valéry, está en vías de extinción, destronada por la industria, el consumo y la mal llamada cultura mediática. Hoy, la lectura, y lo sé por mi propia experiencia docente, no está entre las preferencias de los estudiantes, si bien en el ordenador no paran caóticamente de leer y escribir. El mismo desinterés cunde en otras actividades culturales antaño masivas: teatro, cine, conciertos de música clásica y recitales. Como Lipovetsky y Serroy comentan, el capitalismo y el placer consumista han derribado a la cultura literaria y artística del pedestal en que estaba: en ese espectro ambiental "lo insignificante tiene ya valor cultural" y las jerarquías que no hace mucho distinguían la cultura noble de la cultura de masas han desaparecido. Este es el mar de las tinieblas en que navegamos. Siempre habrá náufragos que mantengan la memoria del origen, siempre alguien se librará y cuando eso suceda, la verdadera cultura permanecerá como tabla de salvación. El libro de Lipovetsky y Serroy es una llamada de atención desesperada, una muestra nada exagerada de que nuestra civilización sufre una crisis de valores de grandes proporciones.

martes, 23 de noviembre de 2010

Videología


Estudios solventes sobre la evolución de la Sociedad Red afirman que, en muy pocos años, el 90% de los contenidos disponibles en Internet serán imágenes audiovisuales. Por eso no extraña, aunque sorprenda, el dato abrumador sobre las más de 35 horas de contenidos por minuto que recibe YouTube cada día.

La pantallización de nuestra vida, la subordinación del relato a la cultura del videoclip, la oferta multicanal y multiformato de contenidos, hacen de lo audiovisual el hecho más consistente en la interpretación de la realidad. Si no es imagen, quizás no exista.

Tendemos a percibir y recordar lo nuevo o importante para nosotros: emociones y sensaciones. Acabamos pensando lo que sentimos. Y, para ello, son importantísimas las imágenes. Como dice Eduard Punset, son un elemento fundamental en los procesos cognitivos que buscan permanecer en la memoria. La razón es sencilla: son más fáciles de interpretar que las palabras.

En una sociedad desencantada con la política, saturada de información durante la campaña electoral, la mayoría de mensajes políticos no llegan. O mejor dicho, no se "oyen", no se "leen". Por eso la videopolítica ofrece una alternativa de notoriedad y receptividad nuevas para la comunicación política.

Asistimos a un auge de vídeos oficiales pero, también, anónimos, que prodigan mensajes cortos e imágenes originales, divertidas o solo sorprendentes o polémicas. La política-imagen sustituye así a la ideología. La videología permite tres cosas que la hacen irresistible: entretenimiento, viralidad, provocación.

La campaña catalana refleja muy bien esta situación. Más allá del acierto estratégico, la oportunidad o la calidad de algunas de las ofertas, refleja una cierta caducidad del lenguaje político formal y la irrupción de una ciudadanía sin complejos y sin sentimiento de culpa que se ríe de la política, muy en serio.

En el futuro, los partidos evolucionarán hacia organizaciones públicas concebidas también como productoras culturales de contenidos ideológicos, si quieren competir en una sociedad enriquecida por planos, secuencias, sonidos y efectos. La política que no hable el lenguaje audiovisual no tendrá audiencia. La oratoria se transformará en plasticidad sensorial si quiere seguir siendo el epicentro de la política democrática. Algún día la política será una canción, decía el poeta León Felipe. Ese día ha llegado. Con imágenes.

Antonio Gutiérrez-Rubí

jueves, 7 de octubre de 2010

Audiencias críticas y contra-ciberterrorismo

Mauricio Meschoulam -El Universal 07-10-10
La balacera había “comenzado”. Era una mañana de agosto. Según algunos tuiteros, el evento estaba teniendo lugar en Interlomas. El pánico había cundido. Supuestamente tres personas habían perdido la vida. Tuvo que salir Alfredo del Mazo, también por Twitter, a explicar que nada de eso estaba ocurriendo en verdad. Sólo sucedía, como lo constatamos más tarde, en una realidad virtual, profundamente conectada con nuestras emociones y con el contexto en el que nos hallamos inmersos. La discusión acerca del papel de los medios tradicionales en ambientes de violencia y su potencial labor en la construcción de paz es un debate imprescindible, pero desafortunadamente en ocasiones es rebasado por otro tipo de circunstancias originadas en espacios virtuales.

Ciberterrorismo no es necesariamente hackear los sistemas de la NASA o alterar las cuentas financieras de los bancos trasnacionales. Eso es sabotaje y se encuentra enmarcado dentro de crímenes, distintos a los que se viven en México. Si el terrorismo es un tipo de violencia que busca impactar una audiencia utilizando determinados instrumentos tales como la televisión y los diarios, el ciberterrorismo busca hacer exactamente lo mismo, propagar el miedo y el pánico, pero utilizando medios distintos. Es todo. La violencia ejercida puede haber sido física, pero también puede ser emocional. Es decir, se puede subir un video a YouTube, mostrando las imágenes que ciertas televisoras han preferido omitir, o bien, se puede enviar un mensaje a través de Twitter o de un blog que mande la señal deseada: “Nosotros, no el gobierno, estamos al mando”. Es por ello que aun en el caso (todavía remoto) de que los medios tradicionales consiguieran acuerdos para no brindar tiempo aire a la propagación del pánico, quedaría libre a los criminales toda esa esfera pública que es internet.

Comprender la naturaleza del fenómeno, sin embargo, nos brinda las armas para desbaratarlo. Hay actores que se están beneficiando de nuestra ignorancia y pasividad, y necesitan que seamos nosotros los que les hagamos la labor de propaganda. No se trata de apoyar una u otra postura acerca de las estrategias más eficientes de combate al crimen organizado; se trata de que nuestra opinión está siendo psicológicamente manipulada de manera intencional. El terror no se expande en el vacío. Hay emisores y receptores. Existen los canales y los espacios. Existe el uso del lenguaje, pero también el modo como éste se lee y se interpreta.
En distintos países este tema ha sido plenamente abordado. Las soluciones apuntan a la generación de audiencias críticas capaces de procesar de manera distinta lo que reciben. Esto normalmente comienza por las casas, las escuelas y las universidades, y consiste en incorporar lo que se conoce como pensamiento creativo y crítico en los sistemas educativos (Ruggiero, 2009). Es así como se genera el contraataque. La propuesta está siendo ampliamente discutida en el laboratorio de medios de la Universidad Iberoamericana.

El pensamiento crítico inicia retando nuestra habilidad para distinguir donde hay un tema de donde no lo hay. Afecta la manera como vemos un problema, el cómo lo analizamos y el cómo decidimos lidiar con él. Las audiencias críticas superan la pasividad y ponen en duda lo que reciben antes de retransmitirlo y contribuir a la propagación de pánico. Cuestionar el discurso no significa negarlo o afirmarlo de manera automática, sino contextualizarlo (Haidar, 2006): identificar quién es el emisor y bajo qué condiciones lo está emitiendo; descubrir cuáles son las circunstancias de su circulación, cuáles son las fuentes y cuál es su credibilidad; a quién está dirigido y con qué fines. Analizar un discurso implica desmenuzarlo, desactivar los “implícitos”, los “presupuestos” y los “sobreentendidos”; desentrañar los usos de lenguaje, la narrativa utilizada y buscar el sentido que se le está queriendo dar a lo que recibimos. Las audiencias críticas son capaces de determinar cuáles son los medios de comunicación (tradicionales o no tradicionales) que mayormente se apegan a los criterios estrictos de seriedad y buscan construir su opinión a partir de ellos y de su propio conocimiento de la realidad. Las audiencias críticas no premian los sensacionalismos y el estrés colectivo.

Esta es solo una de las batallas que podemos y debemos librar desde la sociedad civil para contrarrestar algunos de los efectos que estamos padeciendo. Hay muchas cosas que no están en nuestras manos. Pero ésta sí. Comienza en casa. Con nuestra familia. En nuestra cabeza. En una mirada al espejo.